¿Ortopedia para el iPhone? II

Como apuntaba Joaquín Perea en una reciente entrada de este cuaderno, es evidente que las cámaras de los teléfonos móviles, no solo del iPhone, han venido a sustituir a las cámaras de formato pequeño. Sin embargo esta sustitución, para la inmensa mayoría de la población, no es solo un cambio de máquina sino que también establece un nuevo paradigma fotográfico: se pasa de la tradicional y mas o menos frecuente foto de recuerdo de viajes y celebraciones, en la que el fotógrafo aparecía en las fotografías con menos frecuencia que el resto del grupo, a una fotografía de auto constatación, el llamado selfie. El omnipresente selfie convierte además en celebración cualquier momento de la vida cotidiana, “desjerarquizando” los episodios de la vida de las personas. Por eso creo que la ortopedia fundamental de estos teléfonos es, quizá mas o a otro nivel de los que señalaba Perea, el popularísimo palo que colabora definitivamente en la estandarización de un tipo de fotografía en la que el fotógrafo se retrata a si mismo solo o junto con su o sus acompañantes dejando como referente mínimo, de fondo, el lugar en el que está.

El nuevo paradigma también se manifiesta en el cambio de función de la fotografía: se fotografía para decírselo al ciberespacio. Es mas, a veces pareciera que se viajara o se celebraran acontecimientos para poder informar a las llamadas redes sociales de lo que se ha hecho, no infrecuentemente en tiempo real y con la constatación inapelable del selfie. Para que esa narración haya alcanzado tales cotas de universalidad debe ser, por supuesto, fácil de producir e interpretar, y, por lo tanto, repetitiva, estandarizada.

Ante lo idéntico y predecible del proceso y del resultado cabe preguntarse, quizá con un punto de cinismo, si el nuevo paradigma fotográfico, al fomentar esa narración casi automática y su difusión en las redes sociales, no estará procurando la propagación de lo que a casi nadie importa y, por lo tanto y paradójicamente, al procurar la cosificación de personas y lugares, fomentar su olvido.

Cambia, como decía, el paradigma fotográfico que establece la cámara de los teléfonos móviles y cambia la función de la fotografía: la foto, la copia en papel, era un objeto totémico que normalmente se atesoraba hasta la muerte, era un apoyo de la memoria y una taxidermia de los afectos. La foto que promueve el teléfono móvil en sustitución de las modestas cámaras de formato pequeño, pasa a ser una estandarizada pseudo abstracción banal que se suele diluir en la miasma digital californiana para representar y procurar, curiosamente, no la memoria y el recuerdo como la foto en papel sino, sobre todo, el olvido.

 

Domingo Martín